miércoles, 2 de julio de 2014

Algo que finalmente me animo a compartir...un..cuento(? Sí, eso. Un cuento.

Esto es algo que escribí hace...siglos!!! La verdad es que sólamente un par de personas lo leyeron en su momento, pero lo archivé y nunca más se lo di a leer a nadie. Y bueno, creo que ya va siendo hora de sacarlo a luz.
Lo escribí exactamente en el 2003. Y hoy ordenando mis cosas, me volví a encontrar con él. Y bueno, lo comparto.
No tiene título.

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Esa noche me encontró desvelado, sentado en un banco del parque, con sus sombras, con sus sonidos.
Sólo iluminado por la luna llena. El viento mecía lentamente las ramas de los árboles, y el sonido de las hojas era como un suave murmullo que me tranquilizaba.

Había bebido bastante y estaba un poco drogado.
La sombra de los árboles y sus diferentes matices me hacían alucinar con cosas que no estaban ahí, o tal vez sí. No sabría decirlo con certeza. Sombras que iban y venían en lo más oscuro del parque.
Aparecían de la nada y se ahogaban en las tinieblas y en la espesa neblina de aquella noche.
Desaparecían más allá de todos los árboles, en donde comienza el bosque, en donde comienza el miedo, la fantasía...lo maravilloso.

Era una noche de luna llena, una noche de lobos, una noche de espantos, de cosas inimaginables.
Una noche que me encontró desprevenido bajo el cobijo de una enorme higuera que me cubría, me protegía.
Logré divisar en la rama de un árbol no muy lejano a un cuervo que me estaba observando...me estaba vigilando.
Vestido de luto. como si esperara a la muerte.
La verdad, yo tenía mucho sueño y dos por tres dormitaba y caía en una especia de alucinación, imaginando cosas extrañas, horribles, y volvía a despertar bruscamente.

Era ya muy entrada la madrugada. Y yo, solo en el parque.Solo en compañía de la luna, la higuera, las sombras y el cuervo.
De pronto, escuché un ruido de pasos que se acercaban a mí. Logré divisar a alguien y a medida que se acercaba, más lo distinguía, aunque no lo veía muy claro. Todo parecía una ilusión, un sueño.
Cuando finalmente estuvo frente a frente, pude distinguir que se trataba de un joven, de estatura media, cabellos corto y oscuro, ojos café y piel morena, pero no mucho. Y con una voz gruesa pero en un tono suave, me preguntó amablemente:
-¿Tenés fuego?

La verdad, la pregunta me descolocó un poco, pero le di los fósforos.
Los tomó en sus manos y lentamente sacó un cigarrillo y lo encendió.
Me los dio y dijo sonriendo:
-Gracias.

Su sonrisa me desarmó por completo.Una de esas sonrisas únicas. Las más amable y sincera que jamás haya visto antes.
Sin preguntar nada se sentó a mi lado, silencioso.
Yo le pasé la botella de cerveza, convidándolo, y él aceptó con un suave movimiento de su cabeza.
Tenía una mirada profunda que me hizo recordar a un hondo y turbulento río.
Su presencia me perturbaba, pero a la vez me hacía sentir tranquilo.
No supe deducir qué edad tenía. Era de esas personas que por más que lo intentemos, nunca descubriremos cuántos años de vida tienen.
Entre muy joven y muy viejo. Entre inocente y sabio.

Lo contemplé un instante, miré dentro de sus ojos, que por momentos parecían un mar tranquilo y por momentos, un torbellino. Era una criatura admirable, hermosa, bellísima. Como si Dios se hubiese esmerado infinitamente al crearlo.
Vestía de negro, un negro profundo, nebuloso, como el color del cuervo. Hasta podría haber asegurado que ambos tenían una cierta perversidad en la mirada. Como si sus almas se pertenecieran.
Busqué al cuervo rápidamente pero ya no estaba.
Por un momento creí que el humano y el ave eran la misma persona, o la misma cosa.
Pero creo que eso nunca lo voy a saber con certeza.

Permanecimos en silencio un rato. Yo no sabía si hablarle o quedarme callado.
Su presencia era...no sé cómo describirlo...extraña, me daba miedo, pero a la vez sentía que era alguien a quien conocía de toda la vida.
Como si él fuera un pedazo de mi alma.

Sin darme cuenta cómo, ni por qué, comenzamos a hablar.
Ahora por más que lo intento, no puedo recordar el momento preciso, ni por qué razón fue que entablamos la conversación. Lo único que sé es que cuando me di cuenta, estábamos hablando de la vida y de religión y no sé qué otras cosas.

Él habló. Me habló de muchas cosas. Me habló de la vida y sus secretos, sus desilusiones y frustraciones.
Y su cara...¡Su cara cambiaba! Por momentos parecía un niños pequeño que llora buscando el abrazo tierno y cálido de su madre. Y por momentos parecía un hombre maduro, un sabio anciano, o un adolescente en busca de almas como las suya.
Él habló y me habló de mí.
Habló de mí como si me conociera de toda la vida. Como si él hubiese presenciado cada instante de mi inútil existencia, y desenterró de mi memoria viejos recuerdos que ya había olvidado hace mucho.

Me habló del pasado, del presente y del futuro.
¡Era como si leyera mi mente! Como si estuviera dentro de mi cerebro, manipulándolo para encontrar la verdad. Para desterrar de mí toda esa verdad y todas las mentiras.
Él sabía de mí. Me conocía. Es más, él conocía mi alma. La conocía incluso desde antes que ocupara este cuerpo que hoy llevo. Conocía mis otras existencias. Y me habló del mundo. De sus locuras, de sus sensateces. De sus poemas, de sus insultos.
Me habló de la humanidad, de su principio y de su no muy lejano final.
Él sabía y me contó los secretos del mundo, del cielo y del infierno.
Me explicó por qué Dios lo había creado a él a su imagen y semejanza, y me contó por qué lo había desterrado del cielo.
porque Dios le dio poder, le dio belleza y sabiduría. Y porque era el ángel más bello, que simplemente quiso estar a su altura y que por eso lo mandó a las tinieblas, a la oscuridad infinita. A un lugar sucio y húmedo, bajo tierra, entre gusanos.
Porque Dios le tuvo envidia y le tuvo miedo. Miedo de ese poder que crecía poco a poco.
Y por eso, se deshizo de él.
Y me contó que, a pesar de todo, no le guardaba rencor,  porque Dios era alguien bueno, con gran corazón, y además, era su padre. Salió de él, de sus manos. De su corazón.
Pero también me dijo que ni la ira de su propio padre lo iba a detener.

Y me habló. Me contó cosas inimaginables.
Y tuve la certeza de que su alma era mucho más vieja que cualquier otra. Y pude ver a través de sus ojos y vi el terror de la gente, el miedo de la humanidad.Vi felicidad, esperanza, llanto, orgullo.
Lo vi todo a través de sus ojos, que eran como dos esferas enormes que se llenaban de odio, de tristeza, de angustia y de alegría, valentía y seguridad al mismo tiempo.
Él conocía todas las almas y cada rincón del cielo y del infierno.

Y era ya muy entrada la madrugada y él se detuvo. No dijo nada más. Sólo murmuró:
-Tengo que irme, me esperan. Adiós.
Y yo quedé en silencio, atormentado, pero tranquilo. Y él se fue.
Se fue volando. Se transformó en un cuervo y desapareció en las tinieblas.
Se alejó de mí.


FIN.

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