sábado, 16 de agosto de 2014

Recuerdos de la infancia....

Cuando la tarde comenzaba a morir y el sol caía, tras un intenso día de verano, los niños del barrio -creo que, al menos la mayoría- corríamos a darnos una ducha para sacarnos el calor.
En realidad no estoy segura de que, concretamente yo, corriera al baño, pues estaba en esa etapa entre niñez y pre-adolescencia en que uno, en realidad, huye del agua y el jabón. O al menos, intenta demorar ese momento lo más posible.
En aquel entonces, vivíamos en un pueblito entre la capital y la ciudad de Pando.
Las casas eran grandes, no estaban pegadas unas a las otras, los vecinos nos conocíamos entre todos( y nos saludábamos), las calles eran de tierra y los almacenes estaban llenos de golosinas que eran, para nosotros, un tesoro y accedíamos a ellos a veces con el cambio que nos sobraba de algún mandado.
Recuerdo particularmente una tarde en que mamá me mandó a comprar no sé qué cosas y me sobraron unas monedas con las que me compré 10 chicles Bazooka de sabor banana. Me los metí a todos en la boca y cuando llegué a casa, mamá me pidió el cambio y notó que faltaba dinero. Le dije que era ese el cambio que me habían dado, entonces fue hasta el almacén y le preguntó a la señora que atendía que cómo era posible, que faltaba dinero. "Sí señora, pero su hija se compró 10 chicles"....casi me matan. Jajajaja.

Recuerdo también que no teníamos ni computadora ni celular, pero éramos dueños de un montón de cosas: las calles, las tardes en bicicleta, el campito de al lado, las cunetas llenas de renacuajos(o ranacuajos?). Y lo más lindo: éramos dueños de nuestra niñez y nuestra libertad.
Nuestras mayores preocupaciones eran no perderse el capítulo nuevo de "Amigovios" por la mañana, o que nuestro mejor amigo no fuera a la escuela.Cosas así. Y una de las cosas que más me gustaba era llegar del cole a la tarde a mirar "Super campeones" o "Power Rangers" con mi hermano.
Los fines de semana reclamábamos las calles como nuestras y las copábamos andando en bici.
Y en verano, trepábamos la higuera de mi vecino de en frente para robarle higos.

Y luego de sobrevivir a todo un día veraniego, mamá pegaba el grito(y supongo que todas las mamás lo hacían): "A bañarse!".
Y allá íbamos.
Después del baño y antes de comer e irse a la cama, todavía quedaba un tiempito para jugar.
Después de un buen chapuzón y ya más frescos,la cosa era diferente.

Con mi amiga Carla a veces jugábamos a que teníamos oficinas. Y recuerdo que ella llevaba a casa un teléfono que era de verdad pero que no servía, de color verde.
Otras veces jugábamos a las muñecas y otras, escribíamos. No sé qué juego era, sólo recuerdo que anotábamos cosas.
A veces yo iba a su casa y otras, ella a la mía. Vivíamos casa de por medio.
También estaba José, el rubio que vivía en la casa de al lado. Cuando con mi familia nos mudamos para aquella casa en el año 1990, cuando mi hermano había nacido, en seguida nos hicimos buenos amigos con José. Creo que era él un año o dos menor que yo. Un día, por esas cosas de la vida, nuestros padres se pelearon y a nosotros nos prohibieron que volviésemos a jugar juntos o dirigirnos la palabra. Qué injustos son los adultos siempre. ¿Por qué siempre tienen que pagar los niños por sus peleas estúpidas y sin sentido? Recuerdo que yo apreciaba mucho a mi amigo y me gustaba jugar con él, aunque nos peléabamos muchas veces. En ocasiones lo recuerdo y me pregunto qué será de él. Qué será de Carla. Nunca más supe de ellos luego de que me mudé para esta ciudad.
En fin, que a veces jugaba con ellos. Pero otras veces, jugaba sola.
Y me gustaba porque entonces era mi oportunidad de aprovechar mi tiempo a mi manera. Las actividades que más me gustaban hacer en el verano, luego de un baño y ya con la mente más fresca, eran: andar en patines en el frente de mi casa, mirar por la ventana de mi cuarto, escuchar a las ranas, sentir el aire fresco de la noche, cazar bichitos de luz o leer y dibujar y escribir.
Ya más tarde tenía que entrar y antes de dormir, dedicaba un buen rato a escuchar la radio o a mirar la Tv en el cuarto de mis viejos.

Todavía recuerdo el aire fresco que entraba por mi ventana, y la luz de la calle sobre la cortina de color azul que dejaba mi habitación en penumbras, pero nunca en completa oscuridad. Recuerdo la calle y la esquina que justo quedaba en frente a casa.
Aún hoy cierro los ojos y puedo oler aquel mismo aire, recordarlo como si fuese ayer. Esos momentos en los que pasaba sola a veces, eran los más lindos. En ocasiones siento que todavía puedo palparlos con mis manos.

Después nos mudamos a la ciudad. No supe nunca más nada de mis amigos del barrio o de las cunetas con renacuajos, ni de los bichitos de luz. Y nunca más volví a escuchar a las ranas croar. Nunca más volví a sentir la misma brisa de aire en mi cara.

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