martes, 23 de diciembre de 2014

JOJOJO, vengo con algo para contarles.

Sí, eso. Estas fechas navideñas me inspiraron un cuentito, pero aparte de ese cuento, tengo alguna otra cosita para contarles. Cómo ha ido la última semana. Pensé que casi no llegaba, posta.
Lo bueno, es que llegué a fin de cursos sana y salva y justo en el penúltimo día, mi gato se mandó una...que me sirvió también para hacer un poco de catharsis porque ni susto que me pegué.
Bueno, resulta que estábamos a ....no sé, martes creo.No,no, miércoles, era miércoles...o era martes? Mmmm, ya no me acuerdo bien. Bueno, resulta que llego a mi casa, subo, como siempre, saco la llave, me dispongo a abrir la puerta y, hasta ahí, todo bárbaro. Giro la llave. Gira, con normalidad, pero algo me impide abrir la puerta.

Pensé que a lo mejor, había puesto mal la llave o vaya uno a saber qué carajos. La cuestión es que intento e intento y nada, la puerta no se abre. Lo primero que se me viene a la cabeza es que los gatos habrían tirado algo del lado de adentro que estaba trancando la puerta.
Bajo. Decido llamar a mi madre para que me traiga algo plano para meter por debajo de la puerta y ver, si efectivamente, había algo trancándola. No me atiende. Subo de nuevo, intento abrir. Ya con un poco más de violencia. Desisto. Bajo de nuevo. Llamo a un amigo para ver si andaba cerca de la zona y si podría ayudarme. Me dice que sí. Corto.Llamo a mi madre de nuevo. Me atiende. Le explico lo que me pasó, me dice "ya voy". En eso, vienen saliendo del edificio dos hombres, uno con una caja de herramientas. Le pregunto si no tendrá algo plano, le explico lo que sucede. Sube conmigo. Intenta con la llave. NADA. No puede abrir. En eso siento desde fuera del apartamento que suena el timbre del portero. Supongo que, o es mi madre o es mi amigo. Subo al ascensor. El ascensor en vez de bajar, sube al último piso,sube un tipo. Me impaciento. Largo un suspiro. Bajo. Era mi madre. Sube conmigo.
El hombre me dice: "Vos tenés alguna tranca del lado de adentro?". Ah y antes me había preguntado si estaba segura de que no había nadie adentro. Le dije: "No, aparte de los gatos, imposible que haya alguien adentro", pero ahí ya había empezado a perseguirme.
Bueno, me pregunta lo de la tranca y la PUTA MADRE, ahí me cae la ficha. Claro que sí. La tranca...la maldita tranca...y recordé que en otras ocasiones, el gato jugaba con esa tranca y yo me cercioraba siempre al salir de casa de que quedase bien, no sea cosa que la trancara...a la tranca.
En eso llega mi amigo. Y bueno, ahí estábamos los cuatro. El hombre dale que te dale a la puerta, mi amigo, mi madre y yo, esperando.
Finalmente, después de varios minutos de espera y varios minutos en los cuales casi me da un ataque, logró abrir la puerta. Hijos de puta, los gatos me dejaron afuera de mi casa!!!!

La cuestión es que, una vez que me quedé sola, un poco más tranquila, creo que solté un poco todo esta tensión que traía encima desde hacía un par de semanas, o meses. Por eso digo que me sirvió de catharsis. Al gato lo reté, pero después Olivia(la otra gata, que por cierto, me la regalaron en Halloween, no sé si les había contado), se sentó en mi falda a ronronearme y a quererme un poco y Newton hizo lo mismo y ahí quedó perdonado. No puedo retarlo. Lo quiero.

Eso fue la frutilla de la torta para cerrar el año. Lo bueno de todo, es que ya estoy en vacaciones. Pensaba trabajar pero la verdad, estoy un poco en duda. No tengo ganas de viajar por un par de meses aunque la COOM ya no exista más y ahora haya ómnibus nuevos. Sí, sí. Eso creo que tampoco se los había comentado. Ahora viajamos en ómnibus decentes. AL fin.

Y bueno, hoy estaba limpiando un poco y cuando terminé, me quedé parada un minuto pensando qué hacer y pensando que en dos días es Navidad. Y pensando que hoy, HOY, el blog está de cumpleaños. Sí, sí. Está cumpliendo cuatro años. Yo creía que era el 13, pero no, es HOY.
Así que, bueno...estaba parada pensando en esas cosas y de pronto se me ocurrió una historia, de la nada, qué sé yo.
Hace un rato la terminé y quisiera compartirla con ustedes. Ahí les va. Por cierto, que tengan una feliz Navidad. :D

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La increíble historia de Navidad de  Fausto y MishiMiu

24 de diciembre. 9 am.
Las calles han cobrado vida hace más o menos media hora. La gente apresura su andar para no llegar tarde a trabajar. Las veredas, que son bastante amplias, se quedan pequeñas de tanta alma humana que camina sobre ellas. Algunas vivas. Algunas muertas. Algunas muertas en vida. Algunas, zombies.

Desde las alturas, MishiMiu observa a las personas y piensa que se parecen a las hormiguitas trabajadoras, apuraditas, cargando cosas de aquí para allá. ¿Quién será la hormiga reina?

Bosteza, se lame una pata y con ella, moja su carita diminuta. El sol ya quema pese a ser tan temprano. Los autos pasan como rápidos mosquitos, los ómnibus, las motos, alguien en bicicleta. “¿A dónde irán tan apurados?”, piensa MishiMiu. Bosteza otra vez y piensa que qué bien le caería a su pancita hambrienta un tarro de leche tibiecita. Pero no habrá leche, ni habrá pescado. Se detiene a pensar en esto. Pescado. ¡Qué rico! ¿Cuánto tiempo hacía que no sentía en su paladar el gusto a un rico pescado?

Un fuerte ruido la saca de sus cavilaciones. Más abajo, en la calle, alguien taladra la vereda. Parece que la están arreglando. Se pone en pie, para su cola, tensa sus bigotes. Alguien se acerca. Se va corriendo a esconderse. La vida no es fácil para una gata callejera. Hay muchos peligros, están a la vuelta de la esquina. Baja rapidito unas escaleras. Piensa que debe comer algo. Siente que su cuerpo le pesa. Últimamente, no ha sido fácil encontrar qué comer. Desde que sus dueños la abandonaron por ser una gata, ha sobrevivido como puede. Pero no es fácil. No todo el mundo quiere a los gatos. Quizá alguna rata vendría bien, pero ya está harta de comer ratas. “¡Puaj! ¡Qué mundo absurdo éste!”.

A tres calles, Fausto viene caminando lentamente. Hace tanto que camina de aquí para allá, que ya sus zapatos se han roto. Le lastiman. Sus pies ya no son los de hace años atrás. Su cuerpo, de hecho, ya no es el mismo que el de hace años atrás. Necesita ir al baño. Quiere asearse un poco, lavarse la cara, el cuerpo. Hace demasiado calor.

Entra en el primer bar que se cruza. Es un bar pequeño, hay algunas personas sentadas en las mesas. Cuando la moza lo ve entrar, inmediatamente lo intercepta.

-Señor, usted no puede estar aquí.- le dice ella.
-¿Puedo pasar al baño?- preguntó.
-No, señor. El baño es sólo para uso de los clientes.
-Pero, ¿no puedo entrar? Es urgente.-Insiste.
-Me temo que no, no puede. Le repito: el baño es sólo para la clientela.
- Quiere decir que, si me tomara un café, sentado a la mesa, como los demás, entonces, ¿sí podría hacer uso del baño?

Pronto se acercó a la mesera un hombre alto, fornido, con cara de malo.
-Me temo que tendrá que irse de acá. Si quiere algo de las sobras, véngase después de las dos, ahora no hay nada. ¡Váyase, váyase! – Y lo corrió del lugar, empujándolo hacia la puerta.

Fausto continuó caminando. Un mal comienzo para este día, pero “¡Qué se le va a hacer!”, pensó. Había tenido días mucho peores.
Caminó y caminó. Llegó hasta una de las calles más concurridas de la ciudad. Allí había muchos lugares a los que podría entrar. Alguien se apiadaría de él.

La gente caminaba mucho más rápido de lo que él podía. Lo empujaron muchas veces. También lo insultaron otras tantas. Y algunos, lo miraban de reojo, con un poco de miedo. Una señora que venía caminando con su hijo, al ver a Fausto, agarró fuertemente de la mano al niño, apartándolo de cualquier tipo de contacto que pudiera tener con él.

No se sorprendía. Vestía unos harapos sucios. Hacía mucho tiempo que no podía darse una ducha como Dios manda. Ya casi ni recordaba lo que era bañarse. La suciedad cubría su rostro, sus manos, su ropa. Olía mal. Y él se daba cuenta. Pero no tenía cómo bañarse. A veces, juntaba un poco de agua de la lluvia o sacaba agua de una fuente que estaba en una plaza para poder limpiarse un poco. Pero tampoco tenía jabón. No tenía dinero para comprarlo y de haberlo tenido, no lo habría gastado en jabón, sino en comida. Otras veces, iba a un arroyo que había en las afueras de la ciudad, pero el agua olía muy mal. Estaba muy sucia. Había botellas, trapos, llantas, bolsas, colillas de cigarrillos, condones usados…y vaya uno a saber qué más. Era agua totalmente contaminada. No estaba bueno bañarse ahí, pero como última opción…

La gente que pasaba a su lado intentaba por todos los medios no acercarse demasiado a él. Algunos ni siquiera se daban cuenta de su existencia, lo empujaban brutamente y ni siquiera se disculpaban, seguían de largo, como si nada hubiera pasado. Eso ya no le preocupaba. Hacía mucho tiempo que no le preocupaba. Hacía mucho tiempo que él se había convertido en otro fantasma más de una sociedad que estaba completamente ciega para ver fantasmas.

Y en esta ciudad, los fantasmas abundaban. En cada esquina, en cualquier calle, en cualquier puerta de una capilla, ahí estaban. Nadie los veía, a nadie le importaban. Y Fausto ya estaba muy acostumbrado a eso.

Siguió caminando, lentamente. Sus huesos le dolían. Rengueaba de un pie. Hacía varios años que no tomaba su medicina. “Bah, ¡Cómo si la necesitara!”, se dijo. Y se rió solo. Algunas personas lo miraban extrañadas o cuchicheaban algo. Él continuaba caminando, un poco con la mirada perdida en el horizonte de cabezas que tenía adelante suyo y otro poco, prestando atención a los locales a su costado,  por si veía alguno en el que pudiera entrar.

Cuando se cansó de nadar en ese mar de humanos, dobló en una esquina. La calle estaba menos transitada. De hecho, no andaba prácticamente nadie. Caminó un par de cuadras hasta que finalmente, se encontró un bar. Entró. El lugar olía a humedad, a alcohol y a humo de cigarrillo. Había un par de mesas dispuestas por aquí y por allá, como de mala gana. En ese lugar, hasta las mesas parecían cansadas. Un hombre gordo tomaba una cerveza en una de las mesas. Otros dos se abrazaban entre sí y volcaban vino en el suelo. El vino caía violentamente dejando una mancha rojiza. Otro tipo estaba acodado en la barra. Fumaba un cigarrillo. Tomaba algo en una copa. Parecía que mirara los licores que estaban dispuestos detrás del mostrador, pero no. Él no miraba nada que estuviese allí presente. Él no miraba nada.

-¿qué quiere?- preguntó una voz ronca. Era un hombre gordo, pelado, con una barba asquerosamente descuidada. Llevaba las manos sucias y un buzo que en alguna época, había sido de color blanco. Ahora, estaba empercudido de mugre. Era el que atendía aquel lugar de mala muerte.
-¿Puedo entrar al baño?- le preguntó Fausto.
Y con un gruñido, el otro le respondió señalando con la mano el lugar en donde estaba el baño.

Fausto entró. El baño olía terrible. Parecía que no lo limpiaban en siglos. Estaba muy mugriento. Orinó. Quiso tirar la cadena, pero no funcionaba. “¡Con razón!”, pensó. Lo único que deseaba, era que la canilla de la pileta funcionase. La probó. Suspiró aliviado, sí funcionaba. Y por esas cosas y casualidades de la vida, hasta había jabón. Un jabón todo roñoso, pero no importaba. Servía. Lo sorprendía el hecho de que en un lugar tan mugriento, hubiera un jabón y estuvo un minuto reflexionando en esto. “Hoy será un buen día después de todo”, se dijo mirándose al espejo.

Descubrió que en su rostro había muchas más arrugas de las que él se imaginaba. Los años habían pasado duramente para él. Lo veía en sus cejas, caídas, que hacían que tuviera cara de persona amargada. La vida no había sido fácil hasta ese punto.

Se quitó la camiseta, la metió en una bolsa. Dejó correr el agua y se enjuagó las manos, se lavó la cara y el pecho, la barriga, la espalda. Bueno, no era una ducha,pero “peor es nada”.

Sacó una camiseta de un bolso que llevaba a sus espaldas. Al menos, estaba más decente que la anterior. Se la puso. Se miró nuevamente al espejo. Pensó que tenía que lavarse un poco los pocos pelos que le quedaban en su cabeza. Lo hizo. Luego se los peinó con sus manos. Parecía una “lamida de vaca”, como dicen algunos. Se quitó el viejo pantalón todo roído, lo metió en la bolsa junto con la camiseta y se puso otro, que también llevaba en su bolso. Los zapatos se los dejó. No tenía otros. Es más, esos eran los únicos zapatos que tenía desde hacía ya…¿cuántos años? No lo recordaba.

Metió la bolsa con la ropa sucia en su bolso y también guardó el jabón, por las dudas. Ya le haría falta en otro momento y en un lugar así, nadie echaría en falta ese jabón. Salió del baño y dio las gracias. Nadie lo escuchó. Cada uno de los allí presentes estaba en su propio mundo.

Salió del bar, ahora un poco más fresco. Oliendo a jabón, aunque su ropa seguía oliendo a mugre. Caminó muchas cuadras sin tener un lugar fijo al cual ir. 

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MishiMiu seguía buscando comida. Se sentó en la puerta de atrás de una carnicería. Maulló. Quizás alguien pudiera oírlo. Quizás, alguien le daría de comer. Estuvo tres horas sentada en el mismo lugar, mirando fijamente la puerta y maullando. Alguien se apiadaría de ella…quizás.

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Fausto pasó frente a una panadería. Tenía hambre y el olor al pan calentito le abría más el apetito. Quiso probar suerte. Y la tuvo. Le pidió un poco de pan viejo al dueño del lugar y éste, mirándolo de pies a cabeza, le dio dos pan flauta. Estaban aún calientes. 

Fausto caminó media cuadra y se sentó en el banco de una plaza a comer el pan. Pensó que no había mejor manjar que aquello que estaba comiendo en ese momento y pensó también que, después de todo, todavía quedaba gente buena en el mundo. La plaza estaba adornada con luces y motivos navideños. Recordó que era 24. Recordó que esa noche, sería Navidad. Y recordó y recordó…

Se acordó de cuando era niño, de cuando las navidades estaban repletas de magia. De cuando pasaba esa noche con toda su familia reunida y todo era festejos y alegrías. Pero de su familia, no quedaban más que recuerdos. Y de esas navidades, no quedaban más que cenizas. Ya no quedaba nada. Absolutamente nada. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Agradeció por lo que tenía en aquél momento. Habría días peores. Y había gente en el mundo que estaba peor que él. Se limpió las lágrimas con el puño y comió el pan que le habían dado.

Pasó la tarde en aquel lugar. Algunas personas pasaban y le tiraban alguna moneda. Al caer la tarde, siguió caminando por las calles concurridas de esa ciudad. No sabía bien por qué seguía caminando. No había a dónde ir. No había lugar para un viejo de la calle, en la calle. “Valga la redundancia”, pensó. 

Las veredas seguían atiborradas de personas. Es más: andaba más gente en la tarde que en la mañana. Todos apurados, metidos en sus celulares. Todos cargando bolsas con comida, con regalos. Dos mujeres conversaban en la puerta de un supermercado. Hablaban de lo caro que estaban las cosas, de lo mucho que habían subido los precios. Una de ellas asía fuertemente la mano del que, evidentemente, era su hijo. Un niño de unos 7 u 8 años que miraba con ojos desorbitados las vidrieras llenas de juguetes.

-¡Mamá, mamá! ¡Quiero que Papá Noel me traiga ese camión de regalo! ¡Mamá, mamá!- decía el niño, pero la madre no le prestaba atención. Ella continuaba hablando con la otra mujer de cosas que, en boca de ambas, parecían temas de mucha importancia.

Pasó por un restorán que tenía algunas mesas afuera. Todavía había gente comiendo. ¿Qué hora serían? Dos jóvenes muy bonitas conversaban en voz baja. Una comía una hamburguesa con papas fritas, la otra, tenía en una mano una taza de café humeante y en la otra, un cigarrillo. Hablaba y se reía y tiraba el humo por la boca que se desvanecía en el cálido aire de verano que inundaba la ciudad.

En otra mesa, una madre intentaba que su hijo comiese algo.
-¡No quiero pizza! ¡Quiero papas fritas!- decía el niño a grito pelado, alejando el plato de pizza.

-Pero, comé un poquito. Si a vos te encanta la pizza- le decía con paciencia su madre.

-Pero ahora no quiero pizza, quiero papas fritas- reclamaba el niño.

Finalmente, la madre le pidió una porción de papas fritas al mozo. Cuando se las trajeron, el niño agarró el pote de kétchup y comenzó a ponerle a las papas fritas. Luego, le echó mayonesa.
-Pero, Juan, a vos no te gusta la mayonesa. No le pongas tanto, después no las terminás.-decía su madre ya con menos paciencia y cara de irritación.
-Me gusta, sí. ¡Me encanta la mayonesa!
-Pero no le eches tanta, te va a caer mal.
El niño continuaba echándole mayonesa. Mordisqueó unas papas fritas. Las dejó de lado. Vio a dos niños pasar con un helado.
-Mamá, ¿me comprás un helado de chocolate?
-Después de que comas las papas, te compro helado de chocolate-le dijo la señora.
-No, ahora. ¡Quiero ahora un helado!
La madre parecía ya muy enojada.
-Basta, Juan. Comete las papas y después te compro un helado. 

Pero el niño seguía insistiendo. Tenía apenas unos cinco años, pero se hacía escuchar. La madre, ya falta de toda paciencia, se puso de pie y con toda su fuerza, hizo sentar al niño a la vez que lo retaba. Éste se puso a llorar fuertemente y continuaba pidiendo un helado. La señora lo ignoró, sacó su celular y escribía velozmente. El pequeño, entre tanto, volcó sobre la mesa el vaso de bebida que le habían servido. El padre ignoraba toda la situación. Tenía cara de hastío y de cansancio y cara de “¿Qué carajos hago yo aquí? ¿Por qué no me fui a esas vacaciones en Dubai con mis colegas de la oficina?”, o eso era lo que Fausto imaginaba. Le divertía la situación, a la vez que le daba pena. Por eso, los observaba medio de reojo.

En otra mesa, una joven comía una ensalada de algo a la vez que ojeaba un libro, con cara fastidiada por todo el alboroto.
Fausto decidió que era mejor seguir caminando.

De a poco, fue cayendo la noche. La gente seguía yendo de aquí para allá. En un local sonaba algún villancico, en otras tiendas, ya habían comenzado a cerrar las puertas. Los empleados y encargados se despedían y se deseaban falsamente una feliz Navidad, con una sonrisa en la cara pero con gesto de estar mandando a la mierda a quien abrazaban. “Cuanta hipocresía”, pensó Fausto. Y también pensó que, era mejor estar solo antes que alguien lo abrazara falsamente. 

Pasó por un local de comidas que ya estaba cerrando. La gente caminaba apresurada, se subían a los autos, salían velozmente, cargaban bolsas repletas. Los autos hacían rugir sus motores, los ómnibus tocaban bocina, algún conductor puteaba a otro conductor o a alguna doña que se le había atravesado. Parecía que todos estaban apurados por llegar a sus casas. 

En ese restorán todavía quedaban dentro algunas personas. Los mozos recogían rápidamente los platos vacíos o con sobras. Se les notaba el apuro por poder irse a descansar y quizás, a celebrar con sus familias. Fausto se quedó mirando al interior. En realidad, no miraba nada. Sólo recordaba. Otra vez recordaba las navidades junto a su familia. Pensó que, esta Navidad, pasaría solo, como otras tantas navidades anteriores. No le daba miedo estar solo, pero sí le ponía triste. Le ponía triste el hecho de no tener a nadie en el mundo. Le ponía muy triste el hecho de no tener un hogar al cual regresar. Le ponía triste no tener a nadie a quien abrazar. 

De pronto, una mujer salió por la puerta trasera del local de comidas con una bolsa de papel y una bandeja pequeña de plástico.
-Pssst, oiga!-le dijo la mujer, pero Fausto estaba absorto en sus pensamientos. No la escuchó- ¡Oiga!- le dijo de nuevo, esta vez, tocándole el hombro.
Fausto reaccionó. Parecía ser alguien que trabajaba en aquel lugar.
-Oiga, tome esto- y le entregó la bolsa de papel y la bandeja de plástico- Que tenga usted una feliz navidad.- Y dicho esto, la mujer volvió a entrar. No le dio a Fausto ni tiempo para decir gracias.

Miró dentro de la bolsa. Había unas milanesas que, por el olor, eran de pescado. Y en la bandeja, un puré un poco frío.
-Bueno-dijo-parece que al menos esta noche, tendré comida.

Fausto caminó otro poco más. Tenía que asegurarse algún lugar para poder dormir aquella noche. Bien era cierto que era un hombre libre, sí. Y también era cierto que las calles eran suyas. Que podía ir a donde quisiera. Pero las calles son duras cuando no se tiene a dónde ir. La vida es dura cuando no se tiene a dónde ir. Agradeció nuevamente para sus adentros que al menos, tenía algo para comer. No recordaba ya cuánto tiempo hacía que no comía una rica milanesa al pan. De pronto, recordó que aún le quedaba pan. Caminó otro poco más y al final, se sentó en las escaleras de un viejo edificio, oscuro y sombrío. No andaba nadie por allí, ni los perros. A esas horas, ya estaría todo el mundo en sus casas, celebrando, comiendo hasta hartarse, tomándose todo lo que sus cuerpos eran capaces de aguantar.
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MishiMiu había tenido un día difícil. No había encontrado nada para comer, salvo un pedazo de pan viejo y duro al cual había mordisqueado un poco, pero con poca suerte, porque estaba tan duro, que era difícil hincarle el diente. Caminaba rápidamente por una calle oscura cuando a lo lejos, divisó a un hombre sentado en unas escaleras en un viejo edificio abandonado y lleno de ratas que MishiMiu usaba como refugio, sobre todo, en las noches en que hacía frío y llovía mucho.

Se sentó a mirarlo. Vio que estaba comiendo algo. “¡Qué raro!”, pensó, “no se acercan muchos humanos por estos lados y menos a estas horas”. Se acercó un poco más. El hombre no había notado su presencia. A MishiMiu le sonaron las tripas. Quiso acercarse más al hombre pero tenía miedo. No sería la primera vez que MishiMiu se acercaba a algún humano que lo terminara corriendo a pedradas. Pero tenía mucha hambre, así que, intentó. Quiso probar suerte. Se acercó otro poco más. Quizás estaba a un metro de distancia del hombre. Desde ahí, maulló, a ver si éste se percataba de su presencia. El hombre, al ver a la gatita, la llamó.

-Hola, ¿qué hace un gatito en estos lugares a estas horas?-preguntó.
-No soy gato-dijo MishiMiu-Soy gata y me llamo MishiMiu. ¿Y qué hace un humano en este lugar y a estas horas?
-No tengo a dónde ir. Estoy en el lugar correcto, en el momento correcto.-Le respondió el hombre-Por cierto, yo me llamo Fausto. Un placer conocerte, MishiMau.
-¡MishiMiu!
-Bueno, MishiMiu, MishiMau…¡Qué da igual! ¿Qué clase de nombre es MishiMiu?-Preguntó Fausto, riéndose un poco mientras comía la milanesa.
-¿Y qué clase de nombre es Fausto?-preguntó la gatita.-Por cierto, tampoco yo tengo a dónde ir…
-Ah, ¡pobrecita!- y la miró con cara triste. MishiMiu olía el aire. Se acercó un poco más a Fausto. Ahora, estaban a nadie de distancia el uno del otro. Miraba la milanesa que el hombre comía. Sabía que era de pescado. Se relamió el hocico. Su panza volvió a sonar y sonó tan fuerte, que le pareció que podría haberse escuchado a 1 km de distancia. Fausto se dio cuenta, así que, con paciencia, sacó una de las milanesas de la bolsa de papel y se la dio a MishiMiu.

La gatita no dudó ni un instante en hincarle el diente-más bien, los colmillos- a aquel manjar del cielo. Devoró con velocidad la milanesa. Fausto la miraba sorprendido y pensó que no había visto antes a un gato comiendo con tantas ganas. Evidentemente, la gatita hacía días que no comía nada. Se le notaba. Su piel estaba casi pegada a sus huesos. Los pelos estaban todo descoloridos,  sucios. Le faltaba un pedazo de una de sus orejas. Fausto no le quiso preguntar cómo había perdido el pedazo de oreja. Temía que fuera una respuesta demasiado cruel. 

-Gracias, humano. ¡Me hiciste la noche!, aunque podría comerme una tonelada de eso-dijo la gata.
-¿tienes mucha hambre? ¿Hace mucho que no comes?-Le preguntó Fausto.
-Pues, la verdad, sí. Hace bastante. La vida de un gato callejero no es tan fácil como parece. ¡Ojalá tuviera alguien que me alimentara todos los días! No es fácil conseguir comida. Los humanos siempre me corren de todos lados, y ¡como para no! Mira mi pinta. ¿Quién va a quererme así?

Sí, mirándolo desde ese punto de vista, todo tenía sentido. “Quién va a quererme así ?”, pensó Fausto. Le dio tanta pena aquella gatita que decidió darle otra de las milanesas. MishiMiu dudó un poco pero, al ver que iba en serio, se la devoró sin más. Cuando quedó llena, le agradeció al hombre por la comida y se sentó a su lado. Él terminó de comer y guardó las sobras en el bolso. Ya harían falta mañana. MishiMiu se le subió a la falda. Estaba contenta, con la panza llena por primera vez desde…desde…no recordaba desde cuándo. Ronroneaba. Fausto acarició aquel lomo huesudo. La gata ronroneaba aún más. Ya no recordaba tampoco lo que eran las caricias humanas. 

-Mira, humano, si no tienes a dónde ir, quizás puedas pasar la noche aquí conmigo. Este edificio está abandonado hace mucho tiempo y nadie entra en él. Hay algunas ratas, pero no se acercan porque temen que me las coma. Mira, podemos entrar y al menos, tendrás un lugar dónde dormir.
-Pues eso suena muy bien. No tengo dónde dormir y esto parece mejor que el banco de la plaza-respondió Fausto.
MishiMiu se puso en pie. Aunque estaba flaca, conservaba la elegancia de un gato.
-¡Sígueme!-dijo.

Lo hizo subir varias escaleras hasta que llegaron a una habitación, totalmente desprovista de puertas o ventanas. Ahí no hacía tanto calor, corría viento. El aire olía a mar. Por las ventanas se divisaba la ciudad, un poco más lejos, el mar. Estaba en penumbras. Llegaba un poco de luz de un foco de la calle. Fausto logró distinguir en el suelo lo que parecía un colchón viejo. Un montón de diarios tapizaban el suelo. Bueno, sin dudas, aquello era mejor que el banco de la plaza. Se tendió en el colchón. Estaba cansado de toda la caminata diurna. MishiMiu se acostó ronroneando a su lado. Fausto la acarició, la acercó más a su cuerpo. Sentía el calorcito gatuno. MishiMiu ronroneaba. Fausto la abrazó y lloró silenciosamente. “Parece que al final, sí tendré a quien abrazar esta Navidad”. 


Laura.O

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