miércoles, 25 de enero de 2017

Un encuentro fortuito.

Hola, mis queridos y queridas lectores/as! ¿Qué tal ha ido la semana hasta ahora? La mía, tranquila, sinceramente. Muy productiva, de hecho. Y me alegra, sinceramente. Me gusta estar haciendo cosas y estresarme. Trabajo bien ante presión. En este caso, presión que solo yo ejerzo sobre mí, pero está bien. Me gusta.

Hace un tiempo atrás, encontré en alguna página un reto de escritura que estaba muy bueno. Se basa en diferentes consignas para escribir. Son unas cuantas y bastante variadas. Creo que...es para ejercitar la escritura y la creatividad. La verdad es que me copé y he escrito algunas cosillas desde entonces.

En día de hoy, les traigo un cuento breve, que no está terminado aun porque todavía no tengo muy decidido el final. No es la gran cosa, creo. Supongo que tengo que practicar mucho más mi forma de escribir. No siempre escribo cosas de las que me sienta orgullosa, salvo un par de cuentos que, literalmente, amo. En fin...la consigna para este relato, era escribir una historia que transcurriera durante mi estación del año preferida. A mí me gusta mucho la primavera, así que...bueno...ahí les va. Espero que les guste cómo va la historia hasta ahora, y por supuesto, estoy abierta a sugerencias y críticas.



un encuentro fortuito

Comenzaba la primavera. Federico se preguntaba si sería verdad que en esta estación, florecía el amor, aparte de florecer las plantas.
Hacía tanto tiempo que estaba solo, que ya comenzaba a pensar que nunca encontraría al amor de su vida. Y después de todo, ¿quién había inventado esa tontería de “el amor de tu vida”? ¡Qué idiotez! Era todo una mentira.

Mientras caminaba del trabajo a su casa, con las manos en sus bolsillos, iba meditando en todas esas tonterías inventadas por la sociedad para que creamos que la felicidad existe. Pero no. La felicidad era algo imposible de palpar con las manos para Federico. La soledad hacía tiempo que aplastaba su mente, su cuerpo, su alma...No encontraba al amor de su vida en ninguna parte.
Había probado de todo: páginas de citas, aplicaciones de encuentros para el celular, clubs de solos y solas, salidas con amigos, citas a ciegas, y nada, pero nada había surtido efecto. El amor de su vida estaba en otra vida, quizás. O en otro país...de otro continente.

Salía con alguna que otra chica de vez en cuando, pero ninguna despertaba su curiosidad. No le llenaban ni el alma ni la vida. No le inspiraban amor ni mariposas en el estómago. De hecho, no le inspiraban nada.

Se había dedicado, finalmente, a vivir una rutina de persona común y corriente: levantarse temprano, desayunar mirando un punto fijo en la pared, ir a trabajar, volver a su casa, hacer la limpieza. Nada en especial pasaba en su vida. No salía a ninguna parte, ya no leía siquiera, se habían acabado las reuniones con sus amigos, las largas caminatas, las salidas improvistas. Su vida se había quedado vacía. Completamente vacía.  Lo que hacía, era por pura inercia. Actos mecánicos sin ton ni son.

Estaba viviendo así desde hacía un par de años. Cada día sonaba la alarma del despertador, la apagaba, se levantaba cansado, iba al baño y se miraba al espejo. “Otro día más”, se repetía. Y así continuó con esa vida insulsa, aburrido, hastiado de todo. Nada era suficiente. Nada le emocionaba. No había nada que tocara su corazón. Se estaba convirtiendo en una piedra.

La primavera continuó, ventosa, como suele serlo. Una tarde, Federico salió de su trabajo y caminaba rápidamente hacia su casa, con la cabeza gacha para evitar que le entrasen las esporas de los árboles que volaban con el viento, y de repente, al doblar la esquina, chocó violentamente contra alguien. Al colisionar ambos, los papeles que llevaba la otra persona en sus manos cayeron al suelo. Una ráfaga de viento se encargó de desparramarlos aún más, por lo que se apresuraron a recogerlos. Cuando terminaron de juntarlos, se incorporaron al unísono, haciendo contacto visual.
Quedaron contemplándose un instante antes de poder decir nada.

Fue Federico quien rompió el hielo.
                    Supongo que esto es tuyo – Dijo. Y pensó: “Claro que es de ella. Qué estupidez. Si fui yo quien acaba de tirarle todo al piso. Va a pensar que soy idiota. De hecho...soy un idiota”. Le temblaba la voz. Y las manos. Le entregó las cosas.

La chica estiró un poco su brazo para agarrar los papeles. Al hacerlo, las manos de ambos hicieron contacto. Tuvo que apartarlas de inmediato, pues sintió una especie de electricidad corriéndole desde las yemas de sus dedos, hacia su cerebro y el resto del cuerpo. Quiso disimular la sorpresa. Y lo mismo Federico. Así que rápidamente agarró sus cosas.

                    Gracias – Le respondió secamente. Acomodó todo y se fue casi corriendo.
Fede quedó un momento atontado, sorprendido por lo que acababa de pasar, por lo que acababa de sentir. ¿Qué había sido aquello?


Continuó caminando hacia su casa. La misma rutina de siempre. Llegó, se entró a bañar, luego a medio vestir le dio de comer a su gato, y puso agua a calentar. Luego se vistió y se sentó a la mesa a tomar un café.
Su cabeza comenzó a divagar y cuanto menos lo esperó, recordó el rostro de la chica con quien se había cruzado. Su piel, que parecía tan suave, su cabello de color casi anaranjado y lleno de bucles, un lunar pequeño en una mejilla, las pecas diminutas. No podía parar de pensar en ella. ¿Qué le estaba sucediendo? Ni él lo sabía. Lo cierto es que durante el resto de ese día y el resto de los días que continuaron sucediéndose uno tras otro, él no pudo parar de pensar.

Cuando caminaba por la calle de regreso a casa, lo hacía lentamente, como esperando un nuevo encuentro con la chica misteriosa. Pero no volvió a suceder.

El humor de Federico comenzó a cambiar lentamente. Ya no se sentía tan vacío, aunque no podía dejar de tener la sensación de que le faltaba algo…o más bien, alguien.

Una noche de tantas, alguien llamó a casa de Fede. Era Juan, uno de sus mejores amigos. Iba a festejar su cumpleaños aquel sábado y se preguntaba si Federico estaría con ganas de ir. Le comentó que irían otras personas, le nombró a algunos amigos en común y otros conocidos.
Llegado el día, Fede no había decidido aún si ir o no. La verdad era que no le hacía mucha gracia la idea de ir a una reunión con mucha gente. Le exasperaba bastante el hecho de estar en un lugar lleno de personas que quizás no conociera, aunque sí que sabía quiénes eran muchos de ellos. Se tomó todo el día para decidirse. Finalmente, se dijo a sí mismo que no tenía ganas de ir y entró al baño a darse una ducha. Comió algo tranquilamente y pensó en acostarse a dormir. Pero algo en su interior, una vocecita diminuta le decía que fuera al cumpleaños. No podía sacar ese pensamiento de su cabeza, así que finalmente, se dijo que iría, pero solo un rato, y que si se sentía muy incómodo, saldría de allí sin más.

Cuando llegó a la casa de Juan, se dio cuenta de que había más gente de la que esperaba encontrarse, lo cual, le dieron ganas de salir corriendo. Saludó a todos con un ademán y se sentó cerca del cumpleañero. No se le daba muy bien interactuar con los demás. Pasar tanto tiempo a solas consigo mismo, lo había convertido en un ser un poco antisocial. Y para él, eso estaba bien.

Intentó mantener la charla con su amigo y el círculo pequeño que se había formado, y la verdad, era que no se le estaba dando tan mal. Hasta creyó vislumbrar dentro de sí mismo, una pequeña llamita de satisfacción.

Alguien tocó a la puerta y Juan se levantó para abrir. Las personas entraron a la casa, eran dos chicas. Una muy alta y delgada, con cabello negrísimo y largo. A la otra no podía distinguirla muy bien, pues estaba enfundada en una campera enorme y llevaba una capucha. Mientras Juan colgaba sus abrigos en el perchero, que se encontraba en la entrada, Federico sintió una especie de escalofrío en todo su cuerpo y algo le llamó la atención en aquellas dos jóvenes. Más concretamente la de la campera grande. Hablaba en un tono muy bajo y su voz le sonó familiar. Fede no podía ver su rostro. Pero en cuanto la chica se quitó la campera, dejó libre a una larga cabellera anaranjada y llena de bucles.

Federico comenzó a sentir cómo su corazón se aceleraba de golpe. Un sudor frío le corría por su frente y notó que, de repente, le temblaban las manos. Era ella. La chica con quien se había chocado un par de semanas atrás.

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Bueno, y hasta aquí tengo de momento. Supongo que lo continuaré, para darle un final. Por ahora, esto es todo. Abrazo a distancia para todos. Gracias por pasarse.



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