Un cuento por el día de los animales.

El otro día, justo el día del animal, estábamos trabajando en el Taller de Escritura y les pedí que eligieran un número para una consigna. Y justo la que salió, tenía que ver con los animales. Era la siguiente: "Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal". Al final, decidí escribir yo también. No sé por qué me quedó tan triste. No era la idea.

Me parece que cuando uno escribe, no siempre puede tomar de la mano a los personajes y guiarlos en la historia. Se ve que...a veces, son los personajes quienes nos llevan de un lado a otro. Y creo que eso me pasó esta vez.

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Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Y he aquí esta historia que les contaré.

Yohan era un perrito de esos que nacen sin coronita. Su madre era una perra callejera "marca perro". Su padre, también.

Cuando Yohan y sus hermanos nacieron, su dueña se puso de muy mal humor porque se preguntaba cómo haría para alimentarlos a todos. Así que no le costó mucho decidir el futuro de los pequeños: al contenedor o a algún terreno baldío en cuanto tuvieran un poco más de edad.

Por alguna razón, no se deshizo de ellos inmediatamente. Quizás en alguna parte de su interior, una vocecita le decía lo cruel que era hacer algo así. O quizás, nuestros destinos estén marcados para cumplir una misión en nuestras vidas y para cambiar la vida de otros.

Pronto los cachorritos crecieron hasta poder alimentarse solos. Así que la dueña se dijo que iba siendo hora de sacarlos de la casa. Ya bastante trabajo le había dado cuidar de ellos todo este tiempo y limpiar sus cacas todo el día. Para quien no le gustan los animales o los tiene simplemente por tener, estas cosas no son tareas agradables como para llevar a cabo.

Los metió en una caja grande, los acomodó en el asiento de atrás del auto y salieron rumbo hacia algún lugar. Después de varios minutos de viaje(eso no importa, ¿acaso un perro tiene noción del tiempo?), se detuvo, bajó la caja y la dejó en el suelo. Lo próximo que sintió Yohan fue un portazo y el ruido del motor alejándose. Él y sus hermanos, curiosos, comenzaron a hacer fuerza para salir de la caja. Lamentablemente para ellos, la aventura duró poco, puesto que al cabo de un rato, todos estaban separados, asustados y perdidos.

Yohan caminó y caminó intentando encontrar a sus hermanitos, pero fue en vano. Pronto estuvo caminando por un costado de la ruta. Grandes autos, motos y camiones pasaban a su lado haciendo mucho ruido. Estaba tan asustado y exhausto, que simplemente se echó en un montoncito de tierra que había en un costado.

De pronto, un vehículo paró a su lado. Era un auto. Una niña bajó y corrió para agarrarlo, pero Yohan se asustó. No reconocía su olor. Así que hizo el intento de correr,pero alguien lo atrapó por el otro lado. Vaya...eso no se lo esperaba. Pronto estuvo dentro del auto, en brazos de una niña que no hacía más que abrazarlo y darle besitos en su hociquito diminuto.

-Te llamarás....Yohan - dijo la niña muy resuelta. Ella se llamaba Emma. Era una niña muy delgadita, paliducha, con un cabello muy rubio y largo y con unas ojeras violeta oscuro que daban un poco de chucho. Cualquiera que la viera, diría que no se alimentaba bien. Pero la realidad, era muy distinta.

Yohan y Emma se hicieron grandes amigos. Nadaban juntos en la piscina, compartían la comida, caminaban juntos, corrían por el patio. Él creció y se convirtió en un perrito muy inteligente y sociable. Acompañaba a Emma a todas partes. O a casi todas. A veces Emma salía con su mamá en el auto y a él no lo llevaban. Y cuando volvían, Emma lucía muy cansada. Pasaba algunos días acostada, sin salir de la cama. A veces lloraba hasta quedarse dormida.

Yohan no entendía bien qué sucedía, pero su instinto de amigo perruno le hacía saber que había algo que estaba mal y por eso, se echaba junto a la cama de su dueña para acompañarla. Con el correr de los meses, su amiga cambió su larga cabellera rubia por nada. Es decir, ya no llevaba nada de pelo. A Yohan le gustaba igual. Su amiga, para él, era lo mejor del mundo, y le daba igual si usaba el pelo corto, largo o con rastas.

Llegaron días mejores en los que volvieron a jugar al sol, corriendo por el pasto. Las carcajadas de Emma resonaban en el jardín de la casa. Eran tan felices, que nadie habría pensado que una nube negra se asomaba cada tanto para llenar de lluvia sus vidas.
Yohan amaba apoyar su cabeza en el regazo de Emma mientras esta le hacía mimitos en su hocico, sus orejas, sus patas, en su panza. No había nada que le causara más felicidad que estar junto a Emma.

Un buen día, ella se acostó y no se levantó más por largo tiempo. Ya no salían a correr por el patio. Emma parecía mucho más debil que de costumbre pero aun así, tenía fuerzas para acariciar la cabeza de Yohan y sonreirle. Él pasaba junto a ella día y noche. Sólo se movía para ir a hacer sus necesidades. Pero Emma lucía cada vez más decaída y él se daba cuenta.

Una mañana al despertarse, vio que había un hombre que no conocía cerca de ella.Llevaba una especie de bata blanca. Al verlo, le gruñó, pero la madre de la niña le hizo una seña como para que se mantuviera queito en su lugar. Él obedeció. Ese día la pequeña estuvo con un poco más de ánimo,pero no se levantó de la cama. Parecía más cariñosa que de costumbre. Incluso, lo dejó dormir con ella en su cama.

La madre de Emma, al verlo, no le dijo nada. Le parecía extraño, porque siempre decía: "el perro en la cama, no". Durante esa noche, la señora se levantó varias veces para vigilar a Emma, quien dormía y parecía soñar, porque murmuraba cosas y se abrazaba a él.
Otra cosa que se le hacía extraña, era que la madre no paraba de llorar en ningún momento. No entendía por qué todo parecía tan triste.

En algún momento de la madrugada,la pequeña comenzó a respirar de manera extraña. Su madre no hacía más que ir y venir, hablar por el celular y llorar todo el tiempo. Yohan seguía sin entender lo que pasaba. Emma ya no volvió a despertar y por la mañana, gente extraña entró y salió de la casa, hasta que finalmente, se llevaron a la niña. El perrito quedó encerrado hasta que la madre de la niña regresó y lo sacó al patio.

¿Dónde estaba Emma?, se preguntaba él. La señora salió y se subió al auto, olvidándose de entrarlo. Incluso, se olvidó de cerrar el portón. Seguro que iba a dónde estaba Emma. Así que Yohan corrió y corrió detrás del auto. Al cabo de unos cuantos minutos, estaba exhausto, las patas le dolían, le temblaban. Tenía su boca reseca. Pero no importaba. Vería a Emma sí o sí.

El auto finalmente estacionó en un lugar que él no conocía. La madre de la niña, al verlo, se sorprendió tanto que lo abrazó y lloró amargamente. Cuando se recuperó un poco, se paró y caminó hasta donde había más gente reunida.Algunos se acercaban y le decían cosas como : "Lo siento" o "qué terrible". Yohan no entendía lo que hablaban, pero se daba cuenta de que la señora estaba muy triste. Lo veía en sus expresiones, en su forma de caminar, de pararse. Incluso lo olía. Pero también olía algo más. Un aroma familiar, muy familiar.

Era el olor de Emma. Ella estaba ahí. El rabo de Yohan comenzó a moverse de lado a lado, se paró, esperando verla aparecer, pero nada sucedía. Así que comenzó a oler el piso hasta que se topó con una caja de madera. Emma estaba ahí dentro, no cabía duda. Su olfato jamás le fallaba. Pero, ¿qué hacía ahí dentro? Seguro estaba jugando a las escondidas y esperaba a que él la encontrara,  como hacían tantas veces en las tardes de sol.

Durante esas tardes, Emma se escondía en alguna parte y cuando él la encontraba, le ladraba para que ella saliera del escondite. Así que ahí mismo se puso a ladrar, para avisarle que ya sabía que estaba ahí dentro.Pero Emma nunca salió. Pronto pusieron la caja dentro del suelo y la cubrieron con tierra, como él hacía con sus huesos para esconderlos. La gente se fue. La mamá de Emma intentó llevárselo a la casa pero no lo logró.

Yohan esperó y esperó a que Emma saliera. Él sabía que ella estaba ahí y no se daría por vencido. Se preguntaba por qué se tardaba tanto. Pasaron las horas, los días, las lluvias, la nieve. Él esperó con paciencia, porque eso hacen siempre los perros, esperar por sus dueños. La madre de la niña iba varios días de la semana para darle de comer. También los cuidadores del cementerio le daban comida y comentaban lo notable de esta historia. Hasta que un día, él partió al encuentro de Emma, quien lo esperaba con los brazos abiertos.

La madre de la niña hizo colocar dos estatuas en aquella tumba: la de un ángel sonriente con las alas abiertas de par en par y la de un perro que vigilaba atento sus movimientos, esperando que echara a correr para perseguirle. Hay quienes aseguran que en ese lugar, durante los días de sol, puede verse a una niña y a un perro que corretean y juegan juntos. 

Es que...hay amistades que duran eternamente.



Laura.O

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